EL SAKARAMA

Cuentan que hace muchos, hubo una sequía tan terrible en Tlacotepec, que tostaron las plantas y se secaron los pozos donde los animales y los humanos abrevaban, los pájaros en vez de cantar chillaban y ya no hubo perlas de roció en las mañanas.

Un labriego llamado Sakaramá, respetado y afamado hombre de virtudes queriendo coadyuvar para acabar con la dañina temporada, se presentó en el Ayuntamiento del pueblo para denunciar que no llovía porque los del pueblo no sabían invocar al mero mandamás de las aguas.

-Si tú me autorizas ir en nombre de nuestro pueblo a la casa de la lluvia – dijo el labrador al presidente- prometo traer de inmediato agua para que crezcan las milpas y ya no mueran los animales.

-Juega el gallo, contestó el concejal. Siendo un ofrecimiento generoso, aunque inverosímil-porque esa obra solamente la puede generar el Creador- te doy esa encomiendo- y agregó- pero si no traes pronto el bendito liquido, te colgaré del árbol donde se ahorca a los ladrones y a los traidores del pueblo.

-Siendo hombres de una sola palabra, ya no quiero que se hable más; acepto tu cruel sentencia; pero, si yo cumplo mi promesa, el castigo deberá ser para ti.

Este pacto de vida o muerte-Ley no escrita pero obligatoria entre los dos miembros que lo adoptan-, corrió como tolvanera de febrero en la pequeña comunidad y mantuvo atentos a todos los pobladores.

Conciente Sakaramá de ser la esperanza de la sedienta colectiva, se armó de fe y cual robusta que emprendió el viaje hacia la punta del cerro pueblo, donde estaba seguro de encontrar a la casa de la lluvia, no sólo por el permanente ruido de la corriente subterránea que pastores y leñadores afirmaban haber oído, si no por la gran cantidad de arena acumulada que ahí se encontraba y paresia de río. Tratando de comunicarse a gritos con El Dios de la lluvia como se comunican los cortadores de viga dispersos en diferentes partes del cerro, empezó a vocear lluvia, lluvia ¡Escúchame, Señor! Al encontrar eco su voz en los cerros antiguos, él estaba convencido de que era escuchado y siguió gritando: lluvia, lluvia, lluvia ¡Socórreme, Señor! Viendo que el Sol avanzaba y las sombras de las pequeñas cambiaban de lugar y nadie acudía a su auxilio, tomo la reata que llevaba para estrangularse, pues prefería quitarse la vida antes que sufrir una venganza al no lograr de momento su propósito. Cuando se estaba colocando la cuerda en el cuello, desde lo altote un encino para consumar su fatal determinación, oyó la voz de un viejecito que le decía; shh, shh, shh… ¡Tonto, no hagas eso! ¿Por qué te quieres matar? Estupefacto, Sakaramá giro la cabeza, como cuando se reacciona por el zumbido de un avispón; así vio aparecer de entre los matorrales aquel viejo de escasos bigotes, barbita de chivo y de mirada comprensiva, a quien explico el compromiso que había contraído con la autoridad y con su étnia, al vislumbrar la posible extinción del pueblo , por falta de agua.

Habiendo comprendido el anciano de la labor de aquel valeroso hambre, decidió conducirlo a la residencia de la lluvia, para lo cual trotaron hacia un camino húmedo y resbaladizo, sinuoso y arbolado, lleno de extrañas enredaderas que no permitían el paso de los rayos solares. Animados en su peregrinar por cantos de avecillas que en parvada volaban de un lugar a otro, arribaron al borde de un desfiladero donde se le ordeno a Sakaramá que cerrara los ojos y que no los abriera hasta que se le indicara. La sorpresa fue que al abrirlos, ya estaban hasta la otra orilla del profundo barranco, desde donde se divisaba una campiña florida y de pleno de verdor. Prosiguiendo la caminata, por fin llegaron al campo donde se erigía la morada de la lluvia, un lugar lleno de huertos con zanjas de agua por todos lados, mariposas multicolores y aves que con sus trinos orquestaban una sinfonía de bienvenida; Anunciados por la estridente voz de una urraca, salió a recibirlos un tipo negro y fortachón con una enorme Mazacuate en el hombro; los cuales resultaron ser el ventarrón y el rayo, respectivamente.

Después apareció un hombre robusto, alto de largas barbas y azules ojos, a quién el viejecito saludó con inusitada reverencia como se hace con los grandes personajes. Siendo evidente que se trataba de El Dios de la Lluvia, pues, a el se le explicó detalladamente en la misión del humilde labrador así como la forma en que éste fue salvado en el cerro para que no se suicidara; después de meditar por un momento, el destacado personaje llamó a todos sus colaboradores, tal como procede el presidente municipal con sus regidores y topiles, considerados como sus pies y sus manos cuando se trata de dar solución a un problema; Así fue como se acercó la nube, una mujer blanca, bonita y muy coquetona; seguida de la llovizna, constituida por un grupo de hombres flacos en su mayoría.

Cuando todos los elementos estuvieron integrados, aquel varón blanco y barbado dio las correspondientes instrucciones:

-Quiero que cumplan una importante misión en Tlacotepec, procuren llegar en plena madrugada cuando los habitantes y sus animales estén dormidos. La primera que va hacer su aparición eres tú, le dijo a la nube; cubres en forma espesa y negrusca el cielo del poblado de tal manera que no se vean la luna ni las estrellas; enseguida entran en acción indico a los hombres flacos; después ustedes, anunció a los grandotes. Al ventarrón encargó transportar a Sakaramá y a generar la borrasca.

Cuando se escuchaba el primer canto de los gallos y el ladrido de los bravos perros amarrados en los corrales de ganado menor, la bendición de la lluvia al fin mojara a la madre tierra angustiada. El despertar de los lugareños de ese sueño de querer sentir el escurrimiento del agua en sus brazos como las gotas de sudor en la cara en las horas de faena, también se hacia realidad. El inexorable a quién a un le retumbaban en los oídos las palabras de Sakaramá, al asomarse a la puerta de su casa, el ventarrón soltó al furioso rayo que lo fulminó instantáneamente; quizá como un acto de arbitraje en el pacto de honor al cual estaba sujeto.

Llovió tanto que, se produjeron inundaciones con las cuales las plantas brotaron y los gusanos de maguey aparecieron; los hombres silbaron como amorosos gorriones y todos, y todos hablaron de Sakaramá como el héroe y salvador.

Los hombres lluvia habían regresado a su paraíso, pero los mantos acuíferos chuparon le agua suficiente para la humedecer el campo. Satisfecho de su gestión Sakaramá repitió la hazaña un quince de Mayo- Día de San Isidro Labrador- el pueblo lo acompaño al valle caliente, una apartada ranchería bañada por las tibia y cristalinas aguas de un manantial que desembocaba en el cañón formado por montañas que vigilaban la riqueza natural del fascinante lugar. Mientras las mujeres oraban y quemaban copal dentro de una húmeda cueva pegada al desfiladero, donde al sentir gotas sobre su cabezas lloraban, con la creencia de Dios que estaba atendiendo sus suplicas; los hombres inmolaban un blanco carnero en la fogata previamente arreglada para el sacrificio. Tres borregos más se presentaban en asadores uno de los cuales será para ofrecer al Dios de la Lluvia por conducto de Sakaramá, quién con ayate respeto se aventaría en la hondura donde se forma el remolino del río, esa imaginaria cazuela en la que sumiéndose lentamente, se perdía de la vista de los curiosos. Después de algunas horas de emocionada espera, el enigmático emisario salía del torbellino de agua totalmente seco y con su ayate lleno de elotes, calabazas y flores, como prueba de su visita a la casa de la Lluvia.

En tiempos de Sakaramá, quién recomendaba componer el techo de las casas para que las gotas no cayeran en el fogón, pues ello era un castigo para el agua; lluvia tanto en Tlacotepec que los natales del pueblo le llamaron “El Pueblo de la Lluvia”. Pero ese privilegio se acabó, porque como sucede en todo conglomerado humano; al no llover con la misma intensidad en los pueblos aledaños, éstos se quejaran ante el rey pidiendo castigo a Sakaramá, por considerarlo culpable de que las lluvias no llegaran a sus aldeas.

Al no saberse la noticia en la municipalidad respecto al inminente peligro de ser detenido y conducido ante el soberano, la autoridad mandó a tocar la campana grande que se utilizaba en los casos de invasión, inundación, incendio y otros peligros, para que la gente saliera a defender a ese buen hombre que atendió a las plantas, animales, hombres y hasta a los Dioses y que ahora sus buenas intenciones fueran vanas para salvarle la vida.

Teniendo Sakaramá la certeza de que su obra era una tarea humanitaria y de amor a la vida, y que por lo tanto, no tenía nada que temer, se encaminó hacia el palacio para entregarse voluntariamente.

Al despedirse solo dijo:

-“Si la vara de justicia humana indicara que yo debo morir; Allá donde vean esponjarse las nubes, ahí estará mi cuerpo flotando en el aire para ser llamado nuevamente a servir a nuestra comunidad”.

La tradición dice que, desde entonces, Sakaramá atraviesa como densa nube el cielo de Tlacotepec, en la madrugada del día primero de enero si es que el año va a ser lluvioso.

Fuente (Con Autorizacion): Libro: El SAKRAMA; AUTOR LIC. ABEL REYES.